La mariposa azul Felipea salió de la crisálida un lunes por la mañana. Sus alas todavía estaban un poco húmedas, así que su mamá le dijo que esperara hasta que se secaran del todo. Y así Felipea esperó: primero una hora entera, luego media más y, por fin, pudo alzar el vuelo.
Primero apareció en un jardín. Voló sobre un parterre de tulipanes y luego sobre uno de hierbas aromáticas, que olían tan fuerte que se detuvo un momento para respirar bien hondo. Después el jardín terminó y empezó la pradera.

La pradera era más grande de lo que parecía al principio. La hierba se alzaba muy alta y Felipeecito volaba por encima de ella como sobre un mar verde. En medio de la pradera florecía una gran margarita amarilla y en ella estaba sentado el abejorro Libor. Era redondito y zumbaba satisfecho.
—Señor abejorro, ¿sabe dónde está el bosque? —preguntó Felipeecito. Libor dejó de zumbar. —¿Qué bosque? —Mamá decía que detrás de la pradera había un bosque. Libor miró hacia donde terminaba la pradera.
—El bosque está allí. Pero está lejos. ¿Cuánto tiempo llevas en el mundo? —Desde esta mañana —dijo Felipeecito. Libor se quedó callado un momento. «Vaya, sí que tienes mucho valor», dijo al fin. «El bosque está en esa dirección».
Detrás del prado había una zanja llena de ortigas. Felipea volaba por encima de ella, pero el viento lo empujó hacia abajo y acabó sobre una hoja de ortiga. La hoja se dobló bajo él y Felipea tuvo que impulsarse deprisa para no caer abajo, a la sombra, donde hacía humedad y frío.
Detrás de las ortigas vio una valla. Era de madera, vieja, y tenía huecos entre las tablas. Felipea pasó volando por uno de esos huecos y por fin estaba en el bosque.
El bosque era completamente distinto del prado. Silencioso, alto, iluminado por franjas de luz que caían desde arriba como columnas doradas. Olía a musgo y a resina. Felipea aterrizó sobre los helechos y durante un momento solo miró a su alrededor.
Cerca de allí aterrizó otra mariposa. Era más grande, marrón con manchas naranjas. «¿Es la primera vez que vienes aquí?», preguntó.
«Sí», dijo Felipea. «¿Se me nota?» «Un poco», dijo la mariposa marrón. «Lo miras todo como si lo vieras por primera vez y temieras que desapareciera». Felipea miró las columnas de luz del bosque. «Quizá porque de verdad me da miedo. Son preciosas». La mariposa marrón se encogió de alas. «No te preocupes, están aquí casi todos los días. Y cuando no están, pues a lo mejor llueve, y la lluvia también es genial».
Aquello alegró a Felipea, y emprendió el camino de vuelta a casa antes de que empezara a anochecer. Pasó junto a la valla, la zanja, el prado y los tulipanes. Aterrizó en el borde del jardín y las alas le vibraban de cansancio.
Mamá estaba sentada en un tallo cercano. «¿Y qué tal ha sido?», preguntó. «¡Lo mejor! Y la semana que viene volaré allí otra vez».
