En la esquina junto al parque, cada verano estaba el puesto del señor Oriol, pero Mateo nunca le hacía mucho caso. Ni siquiera sabía por qué, simplemente nunca le había llamado la atención. Parecía que había estado allí desde siempre, igual que el banco de madera junto a la fuente o que las palomas que la rodeaban.
Hasta que un caluroso julio, las colas en todos los demás puestos de helados eran tan largas que casi cruzaban toda la plaza. Y, sin embargo, donde el señor Oriol no había nadie.

Mateo se acercó un poco. En la pizarra estaban escritos con tiza los sabores, pero no conocía ninguno. No había ni fresa, ni chocolate, ni vainilla. Ponía: primera lluvia después del verano, niebla sobre el río, olor a libros viejos, mañana en el bosque o viento salado del mar.
«Entonces, ¿cuál vas a tomar?», preguntó el señor Oriol, que llevaba puesto un delantal blanco y sonreía a Mateo con dulzura, pero también con picardía. Casi parecía que él ya conocía la respuesta.
Mateo leyó la lista una vez más. «¿A qué sabe esa primera lluvia después del verano?» «Exactamente a lo que te imagines», dijo el señor Oriol. Mateo pensó un momento y luego dijo: «Entonces le pediré una bola de ese sabor, ‘mañana en el bosque’».
El señor Oriol sirvió el helado en un cucurucho. Era verdosa, casi transparente, y ya desde lejos olía a bosque. El primer lametón fue frío y dulce, pero luego todo cambió.
A Mateo se le cerraron los ojos solos y, en su imaginación, se encontró en el bosque. Oía pájaros. Sentía bajo los pies las agujas recién caídas. De pronto, el aire olía de otra manera: era más fresco, más húmedo y olía a resina. Era tan intenso que sintió el impulso de levantar la cabeza para mirar hacia arriba, a los árboles.
Luego, de pronto, pasó. Abrió los ojos y estaba de nuevo en la esquina junto al parque, con un cucurucho en la mano, y a su alrededor se oía el ruido de la ciudad. —¿Qué ha sido eso? —preguntó Mateo. El señor Oriol limpiaba el mostrador con un paño. —Pues un helado —dijo sencillamente.
Mateo miró la bola que quedaba en el cucurucho y luego la pizarra con otros sabores. Pensó en cómo sería la niebla sobre el río y a qué río lo llevarían sus imaginaciones. Y ya ni siquiera era capaz de imaginarse el sabor del olor de los libros viejos.
—Pues ha sido estupendo. ¿La próxima vez puedo probar otro helado?
El señor Oriol levantó la cabeza del mostrador reluciente. «Claro que puedes. Pero la próxima vez quizá podrías elegir algo que todavía no conozcas. Así, el helado sabe completamente distinto».
Mateo asintió y empezó a sentir curiosidad por adónde lo llevaría el helado la próxima vez. Pero ahora seguía saboreando la mañana en el bosque. Cada lametón era más y más intenso. Una vez oyó el susurro de las hormigas; con el siguiente lametón, volvió a percibir el aroma de las fresas silvestres. En resumen, allí había todo lo que se puede encontrar por la mañana en el bosque.
La semana siguiente, Mateo volvió a ir a por un helado al puesto del señor Oriol. Pero el puesto estaba cerrado y había un cartelito colgado: Volveré cuando llegue el momento adecuado. Mateo se detuvo y se quedó pensativo. «Está bien, hoy seguramente no es el momento adecuado». Y fue a la pastelería de enfrente a tomarse uno de fresa y vainilla.
