La mamá de Rosana iba a celebrar su cumpleaños el sábado. A papá se le ocurrió un regalo para mamá ya el jueves por la noche, cuando los niños tenían que estar durmiendo. Pero Rosana tenía sed y, de camino a la cocina, encontró a papá sentado en el salón junto a la lámpara de mesa, escribiendo una lista, así que se lo contó todo.
A la mañana siguiente, Rosana llevó aparte a su hermano Felipe y se lo contó susurrando: «Esta noche hablaremos con papá y mañana le daremos a mamá todo el día libre».

Felipe tenía cuatro años, pero puso cara de saber exactamente lo que quería decir Rosana, que era mayor. El plan era sencillo: papá prepararía el desayuno y cocinaría, Rosana ordenaría el salón, Felipe recogería sus juguetes y luego harían juntos una tarta. Mamá solo descansaría.
Y así, el sábado por la mañana, todos se pusieron manos a la obra. Papá empezó a preparar el desayuno. Los huevos le salieron bien, pero al cabo de un rato las tostadas empezaron a quemarse, así que tuvieron que ventilar todo el piso. Rosana quitaba el polvo e intentaba no olvidarse de todos los sitios que le había enseñado su mamá: aquel huequecito detrás de la televisión, la parte de arriba del armario y también aquella repisa con velas.
Pero el mayor desafío era la tarta. Rosana leía la receta, papá pesaba la harina y Felipe cascaba los huevos. Uno se le escapó y la mitad se derramó sobre la encimera. Al final, la masa quedó un poco más espesa de lo que debía, pero la metieron en el horno y esperaron que saliera bien y, sobre todo, que estuviera rica.
Felipe fue a buscar las cajas y volvió a poner los juguetes en su sitio. Una vez tropezó con unos grandes bloques de madera, que rodaron ruidosamente por el suelo, hasta que mamá se asomó desde el dormitorio con el pelo despeinado.
«¿Qué está pasando aquí?», preguntó. «¡Sorpresa!», gritó Rosana. «Feliz cumpleaños. Hoy no tienes que hacer nada, solo disfrutar con nosotros y descansar», añadió papá.
Mamá miró la encimera de la cocina, donde vio tostadas quemadas, pero junto a ellas olían unos huevos revueltos. Luego miró a Felipe con la caja de los juguetes. «Pues eso suena muy bonito. Voy un momento al baño» dijo, y cerró la puerta.
Cuando volvió, vio una mesa preciosamente puesta, con una flor recién cogida en el centro, y tres caras emocionadas que no podían esperar a ver qué decía. «Tiene una pinta estupenda y sabe aún mejor», dijo. Y lo decía en serio.
Desayunaron y luego le entregaron a mamá los regalos y la tarta. La tarta salió bien, solo que se había hundido un poco por el centro, así que Rosana la decoró con fresas y una vela, y de pronto ya no se notaba nada. Mamá sopló la vela y dijo que ya tenía todo lo que siempre había deseado.
Por la noche, cuando Rosana se fue a dormir, estaba muy contenta de lo bien que les había salido y de la alegría que le había dado a mamá. Se prometió que lo harían más a menudo. Solo que la próxima vez haría las tostadas ella sola.
