A todos los fantasmas les gusta Halloween. En la noche que va del último día de octubre al primero de noviembre, los fantasmas pueden pasear entre la gente sin miedo a que las personas los reconozcan. Y ni siquiera tienen que hacerse disfraces como las personas. Aunque Bubík y Dientecita esta vez sí se pusieron un disfraz.
—Yo voy de maga —presumía Dientecita de su disfraz.
—Yo voy de pirata —alardeaba Bubík.

—De todas formas, la gente es muy tonta —reflexionaba Dientecita en voz alta. —Se disfrazan de fantasmas para que los fantasmas no los reconozcan. Si a simple vista ya se comportan de forma completamente distinta.
—Sí, y hasta huelen diferente. Pero está genial, porque al menos un día al año podemos salir de Fantasmona. ¡Y además, los caramelos y chocolates de los humanos están riquísimos!
En la víspera del Día de Todos los Santos, Bubík y Zubomila salieron a pedir dulces, mientras mamá seguía vaciando un nabo. Papi ya había vaciado las calabazas, pero mamá insistía en que el nabo era más tradicional. Por desgracia, no era tan fácil hacer una linterna con él como pensó al principio.
«El Día de Todos los Santos, que ahora se conoce más como Halloween, antes era el Año Nuevo celta», decía mamá mientras luchaba con el nabo. En vez de eso, dobló la cuchara. Por eso se hacen estas linternas. El Año Nuevo representaba el paso de la luz a la oscuridad, del verano al invierno, y también la posibilidad de que los mundos de los vivos y los muertos se encontraran. Por eso, la gente hacía linternas para protegerse de los malos espíritus y también se disfrazaba, para que los verdaderos fantasmas no los reconocieran ni quisieran hacerles daño.
Mamá explicó además a los niños que, con la llegada del cristianismo, en este día se instituyó el Día de Todos los Santos, para honrar a todos aquellos santos, tanto los que cabían en el calendario como los que no. Después dobló la quinta cuchara, les deseó mucha suerte a los niños en su recorrido de pedir dulces y se puso a buscar una herramienta más apropiada para vaciar la remolacha.
Así que, por fin, los niños se pusieron en marcha. Por el camino, se unieron a Zubomile y Bubík, Miguel el Acuático disfrazado de vampiro y la pequeña Adela la Hada, un año menor, disfrazada de murciélago.
Los niños empezaron a pedir dulces, llamaban a las puertas, a veces recitaban una poesía, pero la mayoría de las veces bastaba con decir: «Truco o trato».
Las cestitas se iban llenando poco a poco, pero Bubík seguía sin estar satisfecho. Todavía no había recibido el chocolate que más le gustaba. De camino a la siguiente casa, pataleaba enfadado y refunfuñaba en voz alta.
—Oigo que alguien necesita chocolate —se oyó detrás de los niños.
Detrás de ellos estaba un abuelo disfrazado de cazador, pero de debajo de su pequeño sombrero asomaban unos cuernos. Desde luego, los niños nunca habían visto un disfraz de diablo como aquel.
—Soy el diablo Bořek. Tengo aquí el chocolate que tanto deseáis.
—Así que, o me das el aguinaldo, o te hago una travesura —dijo Bubík.
“Os doy este chocolate con gusto, incluso sin villancicos. Pero tened cuidado, no vayáis a convertiros en auténticos fantasmas, pequeñines.”
Bubík se rió divertido. La gente es tan tonta. Seguro que ese viejecito piensa que son niños normales disfrazados.
“Gracias,” dijo la pequeña Adela, pero siguió mirando hacia la oscuridad. Ya no había nadie allí. “¿Dónde ha desaparecido?”
“Seguramente se ha ido,” dijo Bubík con indiferencia y ya estaba devorando el chocolate.
“A mí hay algo que no me convence,” dudó Dientecita, pero los demás ya se habían comido el chocolate.
En ese momento, algo cambió.
—¡Y ahora, manos arriba y dadme las cestitas, porque soy el temible pirata Bubouš! —gritó Bubík, desenvainó el sable y esperó, muy serio, a que le dieran caramelos.
—Bubík, no seas tonto —le reprendió Dientecita, pero en ese instante Miguel saltó hacia ella y trató de agarrarle el cuello.
—¡Enséñame el cuello, que quiero beberte la sangre! —susurraba mientras lo hacía.
—¿Qué os pasa, chicos?
Dientecita miró a Adela. Ella agitó las alas de murciélago, se elevó en el aire y voló hacia la oscuridad. Dientecita salió corriendo para escapar del vampiro y del pirata. Miguel ya casi la había alcanzado, cuando el pirata Bubouš se dio cuenta de que Miguel llevaba caramelos y lo asaltó al más puro estilo pirata. Dientecita los miraba mientras discutían por la cestita y pensaba cómo salir de aquel lío.
Bořek era un auténtico demonio, eso estaba claro, y desde luego no mentía cuando les advirtió que podrían convertirse en fantasmas. Pero no en los auténticos. Se convirtieron en aquello de lo que iban disfrazados. Y Dientecita iba precisamente de maga. ¡Solo ella podría desencantarlos! Cogió su chocolate de Bořek y le dio un mordisco.
—Pues allá voy —se rió con una carcajada de bruja, sacó la varita y apuntó a Bubik—. ¡Anulo el hechizo de chocolate, que vuelvas a ser el fantasma dentudo!
¡Anulo el hechizo de chocolate, que vuelvas a ser duende del agua!
De la varita salió un destello de luz y Miguel se detuvo. Bubik y él se miraron asustados.
—¿Qué ha pasado? —se sorprendieron ambos chicos—. ¿Y dónde está Adela?
“Perdona… Pero espera, ¿y si Adela está volando por ahí? Si la transformo, caerá al suelo y se hará daño.
Entonces súbete a la escoba y ve a buscarla», le aconsejó Bubík, entregándole la escobita que había dejado caer cuando huía del pirata y del vampiro.
Gracias, hermano. Quizá por eso ni siquiera te convierta en sapo.
“Muy gracioso», refunfuñó Bubík.
Dientecita se montó en la escoba y se elevó por los aires. Estuvo un rato dando vueltas sobre la ciudad hasta que vio a Adela.
—Adelita, mira lo que tengo —dijo, y lanzó un puñado de caramelos al suelo bajo ella.
La murciélago Adelita bajó enseguida al suelo tras ellos. Dientecita aterrizó y de inmediato lanzó un hechizo sobre Adelita. Adelita se transformó de nuevo en una niña hada.
—Y ahora yo —dijo Dientecita, apuntando a sí misma con la varita—. Deshago el hechizo de chocolate, que vuelva a ser otra vez un espantajo con dientes.
Y así, Dientecita también volvió a transformarse. Pero fue por los pelos, porque ya empezaba a amanecer. ¿Y si no lograran volver a transformarse antes de que empiece el día? ¿Se quedarían así para siempre? Por suerte, ya no tienen que averiguarlo.
Después de darse un atracón de caramelos, todos regresaron a casa y se alegraron de que esa noche tan espeluznante hubiera terminado bien.