Mientras que en Halloween los fantasmas disfrutan paseándose entre la gente, en el Día de los Difuntos ningún fantasma decente sale a asustar. ¿Por qué? Pues porque los cementerios, que normalmente son lugares terroríficos, ese día están llenos de gente.
En la Casa de los Fantasmas, en el Día de los Difuntos, se sale a pedir dulces. Pero no como aquí en Halloween, sino de una manera más tranquila. Los fantasmas hornean dulces, como lo hacían antes las personas, y los ofrecen a las visitas, a los que van a pedir y a los viajeros. Y por la noche salen con lucecitas al desfile de farolillos.

Así se ha hecho durante mucho tiempo. Incluso Mamá Dentuda recuerda que, cuando era pequeña, horneaba con Abuelita panes de ‘almas’ y panes ‘de todos los santos’. Abuelita incluso metía moscas en la masa al horno, y eso era un auténtico manjar para los Fantasmas Dentudos. Enseguida decidió que también hornearía así para sus hijos. Preparó la masa, añadió moscas secas y ya estaba haciendo almas enredadas y aros, que simbolizan el ciclo de la vida.
Incluso Papi recuerda de su infancia la celebración del Día de Difuntos. Sobre todo el desfile de farolillos, al que entonces acudieron también los bomberos. Fue entonces cuando a Papi le entraron ganas de tener la luz más grande de todos los niños. Al final, ocurrió que se le quemó todo el farolillo con el palo, y además le echaron la bronca por jugar con cerillas. Por eso decidió fabricar él mismo un farolillo para sus propios hijos con una bombillita y pilas, para que el tío Duendecillo del agua no tuviera que gastar agua de su estanque apagando un posible incendio.
Dientecita estaba deseando repartir las galletas que había horneado entre las abuelas y tías, y escuchar sus recuerdos sobre los fantasmas que ya habían muerto. De eso trata el Día de los Difuntos. De recordar a los familiares que ya han fallecido. Por ejemplo, al bisabuelo vampiro Alfonso von Vidlákov, que llegó a la asombrosa edad de 156 años. Podría haber vivido aún más si no hubiera salido a tomar el sol convencido de que unas gafas de sol serían suficientes.
El único que no estaba contento era Bubík. Quería ir al cementerio a asustar a la gente a toda costa. Así que, por la noche, salió de casa a escondidas y se fue a asustar. ¿Cómo terminó todo?
El vecino, que vio a Bubík, asegura que saltó desde detrás de un árbol para asustar a una abuelita. Ella no se asustó y le dio varios golpes con una flor artificial por molestar a los muertos. Lo cual resultó doblemente vergonzoso, ya que en la tumba solo deberían colocarse flores vivas para recordar lo efímero de la vida.
Papi vuelve a decir que Bubík no asustó a la abuela, sino al abuelo, y que Bubík no recibió unas flores, sino que el abuelo le roció con una regadera, porque llegó aquella noche todo empapado.
Y Miguel el Acuático, compañero de clase y amigo de Bubík, dice por su parte que no asustó a nadie, sino que fue él quien se asustó por un fantasma que vigila el cementerio de allí. Bubík se asustó, cayó en un charco, echó a correr, pero tropezó y se revolcó entre las hojas.
Sea como sea, la próxima vez Bubík se lo pensará dos veces antes de asustar a la gente en el Día de los Difuntos. Quizá prefiera ayudar a mamá a hornear panecillos.