La manta voladora

Había una vez un niño llamado Paulito. Vivía con su mamá, su hermano mayor y su hermana en una casita pequeña. Tenía una cosa a la que quería más que a nada en el mundo: una vieja manta roja. La llevaba consigo a todas partes.

—Paulito, ¿cuántas veces tengo que decirte que no arrastres esa manta por todos los rincones? —se enfadaba su madre. —¡Puedes aguantar unas horas sin ella!

Paulito bajó la cabeza. —Pero mamá, es suave y calentita…

Su hermano se echó a reír. —¡Jaja, de verdad que eres un bebé!

—¡Cuidado, que el bebé se va a dormir otra vez! —añadió la hermana, y ambos se reían tanto que se sujetaban la tripa.

Paulito se acurrucó tristemente en su manta. No entiendo qué les molesta de ella…

En ese momento ocurrió algo increíble. La manta se movió, se levantó… ¡y salió volando con Paulito por la ventana abierta!

—¡Aaaa! —gritaba Paulito mientras subían por encima de los tejados de las casas—. ¡Manta! ¿A dónde vas?

Cuento para dormir - La manta voladora
La manta voladora

Volaron por encima de los árboles, de las chimeneas y de las calles, hasta que Paulito intentó agarrarse a una gran antena. —¡Detente, por favor! —exclamó. La antena tembló bajo él, y los vecinos se quedaron sin imagen en la televisión. Pero la manta no se detuvo y siguió volando hasta que se enganchó en la veleta. ¿Qué habría hecho Paulito si hubiera quedado enrollado alrededor de la veleta? No quedó más remedio que liberar la manta, seguir volando con ella y confiar en que aterrizara en un lugar más acogedor. Paulito se esforzó, pero al final logró soltar la manta y el vuelo pudo continuar.

Sobre el paisaje ya no había casas, solo campos, prados, bosques y estanques. Paulito empezó a reír: «¡Qué divertido!», gritaba a los pájaros, que le saludaban asombrados con sus alas.

Se acercaban a la nubecita. Paulito extendió la mano: «¡Parece algodón de azúcar!»

«¡Las nubecitas no se comen!», respondió el vencejo.

De pronto, el cielo se cubrió. Comenzaron a rugir los truenos y el viento agitó la manta, hasta que Paulito no pudo sostenerse sobre ella.

«¡Socorro!», gritó, mientras caía hacia abajo…

Y entonces, un tirón. Paulito abrió los ojos. Estaba firmemente de pie sobre la tierra.

Sobre él, su hermano le miraba con una sonrisa burlona. «Mira, aquí has estado dormitando como un lirón y aferrado a tu manta como una lapa.»

Paulito parpadeó. «Vaya, qué sueño…»

Acarició la manta y, sonriendo, la abrazó con fuerza. Sabía que bajo otra manta nunca tendría sueños tan maravillosos. Y su hermanito y su hermanita podían reírse de él si querían, pero no sabían lo que se estaban perdiendo.

Califica esto post

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *