Sobre la casita de jengibre

En tiempos antiguos, la pobreza reinaba en todo el mundo, llegando incluso a una pequeña cabaña junto al bosque donde vivía un padre con sus hijos, Hansel y Gretel. Con ellos vivía la segunda esposa del padre, la madrastra, que no tenía mucho cariño a los niños.

Se quejaba constantemente de que tenía poco para sí misma, y mucho menos para alimentar a dos bocas hambrientas. Insistió tanto a su marido para que los llevara al bosque y los dejara allí, que finalmente él cedió ante su cruel petición.

Un día, el padre se fue al bosque con los niños y le dio a Hansel un trozo de pan envuelto en un pañuelo para el camino. El padre tenía un semblante preocupado y eso hizo que Hansel no se sintiera tranquilo, así que se le ocurrió ir desmigando el pan y dejarlo caer disimuladamente para marcar el camino por donde pasaban. El padre los llevaba cada vez más lejos, a lugares donde nunca habían estado. Tras un buen rato, llegaron a un claro del bosque y el padre les dijo que iría a ver si encontraba setas o frutos del bosque y que, mientras tanto, descansaran un poco. Hansel y Gretel esperaron y esperaron, pero su padre no regresaba y pronto empezaría a anochecer. Gretel se echó a llorar:

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Sobre la casita de jengibre

—Nunca podremos encontrar el camino de vuelta a casa y nos quedaremos aquí, perdidos.

Pero Hansel la consoló:

—No llores, Gretel, no nos quedaremos aquí; fui dejando migas de pan por el camino. Si las seguimos, llegaremos a casa.

Intentaron seguir el sendero de migas, pero ¡vaya!, no quedaba ninguna, los pajaritos se las habían comido. Los niños comenzaron a tener hambre y no tenían ni idea de hacia dónde debían ir; poco a poco se fue cerniendo la noche.

 —Espera, Hansel, subiré a un árbol y miraré a ver si veo alguna luz —dijo Gretel, y trepó a un árbol alto. Entonces a lo lejos vio una lucecita.

Bajó del árbol y corrieron juntos en esa dirección. Pronto llegaron a una casita, pero no era una casita cualquiera, ¡estaba hecha completamente de pan de jengibre! Hambriento, Hansel arrancó un trocito, aunque Gretel intentó disuadirle.

De repente, de la casita salió corriendo una vieja bruja.

—¿Quién está quitando el pan de jengibre de mi casa? —preguntó con voz chillona. Hansel susurró bajito:

—Nadie, solo ha sido el viento, que se ha llevado un trocito de pan de jengibre.

Entonces la Bruja volvió a entrar a la casita y en cuanto cruzó la puerta, Hansel cogió otro trozito y ella salió corriendo de nuevo. Hansel y Gretel se agacharon para que no los viera, pero no pasaron desapercibidos para la Bruja, que los atrapó y los metió en la casa. Allí los encerró en una jaula y cada día les daba muchos trozos de pan de jengibre. ¡Quería engordarlos bien para luego comérselos!

Cuando Hansel y Gretel estuvieron lo bastante rollizos, la bruja decidió que se comería primero a Hansel. Encendió el horno y le ordenó a Gretel que comprobara si ya estaba lo suficientemente caliente. Por suerte, Gretel era una niña inteligente y decidió engañar a la bruja:

—Pero yo no sé cómo se sabe si el horno está caliente. Soy pequeña y nunca he horneado nada. —Fingió Gretel, aparentando no saber qué hacer.

La bruja simplemente puso los ojos en blanco y metió su gran nariz en el horno para comprobarlo ella misma. Gretel no dudó y empujó a la anciana dentro del horno, cerrando la puerta tras ella de inmediato. Después cogió a Hansel y salieron de la casita de jengibre como un rayo.

Corrieron y corrieron sin mirar atrás ni una sola vez. Y de repente, ¿qué vieron? ¡A su padre! Durante el tiempo que los niños estuvieron con la bruja, la malvada madrastra se había marchado, y él, muy apenado, buscaba a los niños todos los días por el bosque.

Y así, mientras la bruja se asaba en el horno, el padre, junto con Hansel y Gretel, regresaron a casa, donde vivieron felices hasta hoy.

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