¿Sabes qué es un meteorito? Es una piedra que viaja por el espacio y cae a la Tierra, a nuestro planeta. Y de uno de esos meteoritos trata este cuento.
Una piedra se separó de las demás y viajó por el espacio. No le resultaba fácil volar. En el espacio hay mucha oscuridad, así que no podía ver mucho. Pero eso cambió cuando pasó cerca de una constelación. Las estrellas iluminaron su camino y de repente apareció una preciosa nebulosa de colores. La piedra viajera no podía dejar de contemplar tanta belleza y pensó para sí: «El espacio es así de bonito». Las estrellas son preciosas cuando brillan, las nebulosas tienen colores maravillosos, pero yo solo soy una piedra fea y completamente normal.”
Y así, aquella piedra espacial siguió viajando y se sintió muy triste durante el camino. Le gustaría ser también brillante e importante, pero pensaba que solo era un trocito de basura del espacio. Entonces, a lo lejos, vio la galaxia de la Vía Láctea. Era hermosa y tenía un sol precioso y tantos planetas bonitos, que la piedrecita curiosa giró un poco para poder contemplar de cerca toda esa maravilla.

Pero el viaje fue muy largo y la piedra ya estaba cansada.
«Elegiré el planeta más bonito y allí caeré y me quedaré», decidió.
Pasó junto a dos planetas helados, pero allí hacía demasiado frío. Estaban demasiado lejos del sol.
La piedrecita siguió volando, pero tampoco le gustaron los demás planetas. Hasta que vio un planeta azul con islitas verdes. Era el planeta Tierra.
«¡Oh, qué bonito es!», se sorprendió la piedrecita, y mientras se inclinaba para ver mejor, el planeta Tierra la atrajo hacia sí. Y así, la piedrecita del espacio se precipitó hacia el planeta Tierra.
En la Tierra era de noche. Todos dormían, menos cuatro ojos curiosos que miraban por la ventana las estrellas. Eran dos niños, un hermano y una hermana: Martín y Emi.
—Mira, ahí cae una estrella —le señalaba Martín a Emi.
—Qué bonita es. Cómo brilla. —¿Sabes lo que tienes que hacer cuando ves una estrella fugaz? —preguntó Emi.
—Pedir un deseo.
—Claro, pero no puedes decirlo en voz alta, si no, no se cumple.
—¿Puedo pedir que no me caiga en la cabeza? —bromeó Martín con su hermana.
—Venga, no digas tonterías, que no me va a dar tiempo a pedir ningún deseo —le advirtió Emi, luego cerró los ojos, juntó las manos y susurró—: ¡Por favor, por favor, por favor!
El meteorito que viajaba hacia la Tierra escuchó la charla de los dos niños. De repente, sintió una enorme alegría. Después de todo, decían de él que era bonito y que era importante, porque les iba a cumplir un deseo. La piedrecita decidió devolvérselo. A medida que caía a la Tierra, se iba haciendo cada vez más pequeña, hasta que ya no se veía en el cielo, y de repente se rompió y se dividió en dos pequeños fragmentos. Los trozos de piedra cayeron a la Tierra no muy lejos de la ciudad, donde vivían dos niños que miraban cómo caía una estrella fugaz.
Al día siguiente por la tarde, cuando los niños salieron de paseo después de la escuela, ocurrió algo curioso.
—Mira, Martín, mira lo que he encontrado —llamó Emi, enseñándole a Martín una piedrecita especial, más o menos del tamaño de una uña.
—Mira, Emi, yo también tengo una igual.
Los niños siguieron mirando el suelo durante mucho rato, por si encontraban otra parecida, pero no encontraron ninguna más. Martín y Emi guardaron sus piedrecitas como amuletos de la suerte. Y creedme, de verdad les traían suerte. Nunca se les habría ocurrido que esa era su estrella fugaz.