En una granja, en los confines de un pequeño reino, vivía una hermosa muchacha. Sus vestidos estaban desgarrados y sus mejillas manchadas, pero ni siquiera eso conseguía ocultar su encanto. Además, era muy bondadosa y humilde.
En la granja ella hacía el trabajo más duro y raramente tenía un momento para sí misma. Todo el mundo la llamaba por el nombre de Cenicienta. Junto a ella vivían en la granja su madrastra y sus dos hermanastras. Las tres eran muy crueles con Cenicienta y todos los días tenía que soportar de ellas todo tipo de humillaciones.
Un día se difundió la noticia de que en el castillo se celebraría una gran festividad. Un baile real en el que el joven y apuesto príncipe escogería a su esposa. Las hermanastras de Cenicienta empezaron enseguida a prepararse: mandaron confeccionar lujosos vestidos y se compraron joyas. Cenicienta no tenía ningún vestido ni dinero para poder comprarse ninguno. Y además, su madrastra le ordenó que debía quedarse en casa trabajando. Llegó el día del baile y mientras las hermanastras se arreglaban y engalanaban, Cenicienta barría la sala entristecida por no poder ir con ellas. Después de que las hermanastras y la madrastra se marcharon al baile, la pobre Cenicienta se echó a llorar.

En ese momento, apareció ante ella su hada madrina. El hada la consoló con dulzura, la acarició y luego agitó con gracia su varita mágica. De una calabaza que crecía en el jardín surgió un carruaje, y un par de ratones se convirtieron en hermosos caballos blancos al frente de la carroza. El hada madrina agitó su varita por segunda vez y Cenicienta se transformó en una princesa con un vestido maravilloso; sus viejos zuecos se transformaron mágicamente en relucientes zapatitos adornados con gemas. Entonces, el hada madrina le advirtió que el hechizo terminaría al dar las campanadas de medianoche.
Y tras esta mágica intervención, Cenicienta también pudo ir al baile. Cuando entró en el castillo, todos se quedaron sin aliento ante su belleza. Tan limpia y vestida con ropas lujosas, ni siquiera sus hermanastras la reconocieron. Al príncipe le llamó la atención de inmediato y la invitó a bailar. Durante el baile, el príncipe descubrió que Cenicienta no solo era hermosa, sino también una joven muy amable e inteligente; y en ese instante se enamoró. La llevó ante sus padres, el rey y la reina, y les dijo que quería casarse con ella.
Justo en ese instante, Cenicienta se dio cuenta de que se acercaba la medianoche y recordó las palabras del hada madrina, así que salió corriendo apresuradamente del salón. El príncipe corrió tras ella, pero no consiguió alcanzarla. Bajando a la carrera por las escaleras del palacio, a Cenicienta se le salió uno de los zapatitos, pero no se detuvo y siguió corriendo. Al llegar el príncipe a las afueras del palacio, no vio ni rastro de Cenicienta, pero sí vio el zapatito perdido sobre las escaleras.
El zapato era diminuto, y al príncipe se le ocurrió enseguida que gracias a él podría encontrar a la hermosa joven. Aquella a la que le encajase el pequeño zapatito sería su esposa. A la mañana siguiente, el príncipe y sus sirvientes partieron hacia todos los rincones del reino para buscar a la joven que pudiera calzarse el zapato. No tuvieron suerte en todo el día, hasta que al atardecer llegaron a la granja donde vivía Cenicienta con su madrastra y hermanastras. Las jóvenes intentaron meterse el zapatito a toda costa, pero no lo consiguieron. Realmente era demasiado pequeño.
Así solo quedó Cenicienta, a la que el zapatito se le deslizó con facilidad. Normal, ¡ya que era suyo! Las hermanastras estallaron de rabia, pero el feliz príncipe llevó a la hermosa joven a su castillo, y pronto celebraron una gran boda que durante muchos años se recordó en todo el reino. El príncipe y la Cenicienta vivieron juntos y felices, tuvieron muchos hijos y el castillo siempre estuvo lleno de risas y alegría.