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Cuento para niños - Sobre La Cenicienta

Cuentos para dormir

Sobre La Cenicienta

Katerina K.20 de enero de 20264 min de lectura

En una granja, en el último rincón de un pequeño reino, vivía una muchacha preciosa. Llevaba la ropa rota y la cara manchada de ceniza, pero ni así podía esconder lo bonita que era. Y encima era muy buena y sencilla.

En la granja le tocaban los trabajos más duros y casi nunca tenía un rato para ella. Todos la llamaban Cenicienta. Vivía allí con su madrastra y sus dos hermanastras, que eran muy malas con ella y todos los días la humillaban de mil maneras.

Un día corrió la noticia de que en el castillo iba a haber una gran fiesta: un baile real en el que el joven y apuesto príncipe elegiría esposa. Las hermanastras se pusieron enseguida manos a la obra: se mandaron hacer vestidos lujosos y se compraron joyas. Cenicienta no tenía vestido ni dinero para comprarse uno. Y, por si fuera poco, la madrastra le mandó quedarse en casa trabajando. Llegó el día del baile y, mientras las hermanastras se arreglaban y se emperifollaban, Cenicienta barría el salón, triste porque no podía ir con ellas. En cuanto la madrastra y las hermanastras se marcharon, la pobre se echó a llorar.

En ese momento apareció su hada madrina. La consoló con cariño, le acarició el pelo y agitó su varita mágica. Una calabaza del huerto se convirtió en una carroza, y un par de ratones, en dos preciosos caballos blancos que tiraban de ella. El hada agitó la varita otra vez y Cenicienta se transformó en una princesa con un vestido maravilloso; sus viejos zuecos se convirtieron en unos zapatitos relucientes adornados con piedras preciosas. Antes de que se fuera, el hada le avisó de que el hechizo se acabaría con la última campanada de medianoche.

Y así, gracias a la magia, Cenicienta también pudo ir al baile. Cuando entró en el castillo, todos se quedaron boquiabiertos. Tan limpia y tan elegante, ni siquiera sus hermanastras la reconocieron. El príncipe se fijó en ella enseguida y la sacó a bailar. Mientras bailaban, descubrió que Cenicienta no solo era guapa, sino también muy amable y lista, y se enamoró de ella en ese mismo instante. La llevó ante sus padres, el rey y la reina, y les dijo que quería casarse con ella.

Justo entonces Cenicienta se dio cuenta de que era casi medianoche. Se acordó de lo que le había dicho el hada y salió corriendo del salón. El príncipe fue tras ella, pero no consiguió alcanzarla. Mientras bajaba a toda prisa la escalinata del palacio, a Cenicienta se le cayó uno de los zapatitos, pero no se paró a recogerlo. Cuando el príncipe salió, no quedaba ni rastro de ella; solo encontró el zapatito en la escalera.

Era un zapato diminuto, y al príncipe se le ocurrió que gracias a él podría encontrar a la muchacha: se casaría con aquella a la que le quedara bien. A la mañana siguiente, el príncipe y sus criados recorrieron todos los rincones del reino buscando a la joven a la que le cupiera el zapato. Pasaron todo el día sin suerte, hasta que al atardecer llegaron a la granja donde vivía Cenicienta con su madrastra y sus hermanastras. Las hermanastras intentaron meter el pie como fuera, pero no hubo manera: el zapatito era demasiado pequeño.

Solo faltaba Cenicienta, y a ella el zapatito le entró sin ningún esfuerzo. ¡Normal, si era suyo! Las hermanastras se pusieron verdes de rabia, pero el príncipe, feliz, se llevó a la muchacha a su castillo y pronto celebraron una boda tan grande que en el reino se estuvo hablando de ella durante muchos años. El príncipe y Cenicienta vivieron felices, tuvieron muchos hijos y en el castillo nunca faltaron las risas y la alegría.

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