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Cuento para dormir - Toros y ranas

Cuentos para dormir

Toros y ranas

En un prado verde, donde crecían muchas flores preciosas, vivían dos toros. Se pasaban el día peleando, porque cada uno quería echar al otro del prado. Los demás animalitos los miraban pelear.

Los conejos daban saltos de emoción, las ardillas animaban a los toros desde lo alto de los árboles, y solo las ovejas seguían rumiando tan tranquilas, como si la pelea no fuera con ellas.

Un poco más allá había un estanque pequeño y tranquilo donde vivían unas ranas. Una de ellas se subió a una piedra alta para verlo todo bien y empezó a croarles a sus compañeras: «¡Los toros se están peleando! ¿Por cuál apostáis? ¡Esto va a ser todo un espectáculo!».

Otra rana, amiga suya, saltó a la piedra a su lado. Miró a los toros y le entró miedo.

«¿No te da miedo lo que pasará después, cuando los toros terminen de pelear?», le preguntó a su amiga, que estaba tan emocionada.

«¿Miedo? ¿De qué? Están lejos. A nuestro estanque no van a venir», dijo la primera rana, riéndose.

Pero a la segunda rana no le hacía ninguna gracia.

«¿No has pensado que el toro que pierda podría venir aquí al estanque a esconderse y a enfriar sus chichones en el agua?»

La primera rana se rio tanto que casi se cae de la piedra.

«¡No lo dirás en serio! ¿Que un toro vendría a bañarse con nosotras? Eso es una tontería. Antes verás volar a esas ovejas de allí», contestó la primera rana.

¿Y sabéis qué pasó? El toro que perdió la pelea estaba tan lleno de chichones y tan hecho polvo que se le ocurrió una idea estupenda: refrescárselos en el agua fría del estanque. Además, era un buen sitio para esconderse de su rival durante un tiempo, así que no se lo pensó dos veces. Se tiró al agua y levantó olas. Y al pasearse por el estanque, removió tanto el barro que destrozó casi todas las casitas de las ranas.

La primera rana ya no se reía. Al contrario, estaba muerta de miedo y le dijo a su amiga: «¡Ay, no! ¡Tenías razón! El toro ha venido de verdad a bañarse aquí».

«Ya ves», dijo la otra rana, asintiendo. «A veces merece la pena hacer caso de una advertencia, aunque al principio parezca una tontería o el peligro parezca muy lejano».

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