En un prado verde, donde nacen muchas flores hermosas, vivían dos toros. Siempre estaban luchando entre ellos, intentando expulsar al otro del prado. Los animalitos de alrededor observaban cómo peleaban.
Los conejos saltaban emocionados, las ardillas animaban a los toros desde las altas ramas de los árboles, y solo las ovejas seguían tranquilas rumiando la hierba, sin que parecieran muy interesadas por el combate.

Un poco más allá de donde los toros peleaban, había un bonito y tranquilo estanque. Allí vivían ranas. Una de ellas se sentó en una piedra alta para ver bien y empezó a croarles a sus compañeras ranas: «¡Los toros se están peleando! ¿Por cuál apostáis vosotras? Esto será todo un espectáculo.»
Su amiga rana saltó a la piedra junto a ella. Miró a los toros y sintió miedo.
«¿No te da miedo lo que pasará después? Cuando los toros terminen de pelear?» le preguntó a la rana entusiasmada.
“¿Tener miedo? ¿De qué? Están lejos. A nuestro estanque seguro que no vendrán», se reía la primera rana.
Pero a la segunda rana no le hacía ninguna gracia.
¿No has pensado que el toro que pierda podría venir aquí al estanque a esconderse y a enfriar sus chichones en el agua?
La primera rana se rió tanto que casi se cae de la piedra.
“¡No lo dirás en serio! ¿Que un toro vendría a bañarse con nosotras? Eso es una tontería. Antes verás volar a esas ovejas de allí.”, contestó la otra.
Pero, ¿qué crees que pasó? Al finalizar la pelea, el toro derrotado se sentía tan débil que se le ocurrió la idea estupenda de ir a refrescar sus chichones en el agua fría del estanque. La verdad es que era un buen lugar donde esconderse de su rival durante un tiempo, por lo que no dudó en ir hacia allí. Saltó al agua y se levantaron olas. Y mientras caminaba por el estanque, removió el barro y lo mezcló con el agua, hasta que destruyó casi todas las casas de las ranas.
La primera rana ya no se reía. Al contrario, estaba asustada y le dijo a la otra rana: «¡Oh, no! ¡Tenías razón! Ese toro ha venido realmente a bañarse aquí.»
«Así es, así es», asintió la otra rana. A veces merece la pena escuchar una advertencia, aunque al principio parezca una tontería o el peligro del que se habla esté muy lejano.