La mañana estaba despejada y soleada, y mamá tenía la mochila preparada desde las ocho y media. La familia se dirigía al castillo de Segovia, lo tenían planeado desde hacía toda la semana. Roberto y Mario se habían preparado cada uno su propia merienda, y papá les aseguraba que conocía bien el camino.
«¿Vas a poner el navegador?», preguntó mamá cuando salían del pueblo.

«Pero si no lo necesito», respondió papá. «Ya he ido allí una vez».
Mario miró a Roberto en el asiento de atrás. Roberto volvió a mirar a Mario. Los dos se acordaron de la última vez que papá fue «por segunda vez» a la piscina y acabaron en la otra punta de la comarca.
Durante la primera hora, todo fue bien. Pero luego papá giró a la derecha en el cruce en vez de a la izquierda, porque le pareció que aquella carretera le sonaba.
La carretera pronto se estrechó hasta convertirse en un camino rural bordeado de viejos cerezos. Los cerezos estaban en flor y llenos de abejas, y el coche saltaba de lo lindo en los baches del viejo camino.
«Esta no es, desde luego, la carretera a Segovia, comentó mamá.
«Quizá sea un atajo», respondió papá, aunque lo dijo un poco bajito. Ni siquiera él mismo estaba ya seguro de dónde estaban en realidad.
El camino de tierra desembocó al borde del bosque y allí terminó. Papá detuvo el coche y se quedó sentado en silencio un momento.
Roberto y Mario se asomaron por las ventanillas. Ante ellos se abría una pradera, detrás de ella se extendía un camino forestal y, por encima de los árboles, se veía una colina con una torre mirador.
«Papá, ¿qué es aquella torre?», preguntó Roberto.
Papá sacó el mapa de la guantera. Un mapa de papel de verdad, arrugado. Estaba roto por los bordes y por donde estaba doblado. Lo estudió un momento.
«La torre mirador del monte, dijo al fin. «Nunca he estado allí».
Mario salió del coche casi antes de que papá hubiera terminado la frase.
«Entonces tenemos que ir a verla, ¿qué os parece?»
Y así se pusieron en marcha. Subieron cuesta arriba por un camino del bosque. Fue más de media hora de caminata, el camino era empinado en algunos tramos y los chicos competían por ver quién llegaba primero arriba.
Ganó Roberto, pero solo porque a Mario se le resbaló un pie en el arroyo que cruzaban pisando piedras.
Arriba había vistas en todas direcciones: campos, bosques, pueblos cercanos y, en algún lugar del horizonte, altas colinas.
Papá estaba junto a la barandilla y miraba durante mucho rato. Mamá sacó del macuto una manta y la merienda, y las extendió sobre la plataforma de madera del mirador.
Comieron bocadillos y bebieron té de un termo. Roberto contaba los pueblos en el horizonte, mientras Mario disfrutaba de la merienda. A nadie le preocupó que al final no hubieran llegado al castillo de Segovia.
De vuelta al coche, papá dijo:
«La próxima vez volveremos aquí.»
«¿Y esta vez con navegador?», preguntó mamá.
Papá sonrió.
«Claro que sin navegación. Quién sabe adónde nos llevará esta vez».
