Julia llegó para pasar una semana con su abuelo, que tiene un manzano viejo y enorme en el jardín. En primavera se llena de flores blancas, en verano tiene hojas verdes y espesas, y en otoño sus ramas se inclinan bajo el peso de las manzanas.
Ahora mismo es otoño, y el abuelo y Julia van a recoger manzanas en una cesta de mimbre.

«Mira cuántas tenemos este año», sonríe el abuelo y le da a Julia una manzana roja.
Julia la mira por todos lados.
«Abuelo, ¿cómo llega en realidad una manzana al árbol?», pregunta con curiosidad. «Si nosotros no la hemos puesto ahí».
El abuelo se ríe y se apoya en la escalera.
«Es una historia bastante larga», dice. «En primavera, primero aparecen flores en el árbol. Son blancas y huelen muy bien; quizá te hayas fijado en ellas».
Julia asiente.
«Y alrededor de ellas vuelan las abejas».
«Exactamente», continúa el abuelo. «Las abejas llevan el polen de flor en flor. Gracias a eso, de las flores empiezan a formarse poco a poco pequeños frutos. Al principio son muy pequeñitos, casi como bolitas».
Julia intenta imaginarse una bolita así.
Mientras tanto, el abuelo coge otra manzana y la coloca con cuidado en la cesta.
«Y entonces llega el verano», explica. «El sol calienta el árbol, la lluvia lo riega y las manzanas crecen poco a poco. Cada semana son un poco más grandes y dulces. Y antes de que te des cuenta, llega el otoño y podemos recogerlas».
Julia asiente entusiasmada y empieza a ayudar al abuelo. Le pasa las manzanas que alcanza de las ramas más bajas.
Pero una de ellas se le escapa de la mano. La manzana cae en la hierba y empieza a rodar. Por una pequeña colina, pasando junto al bancal de tomates y un poco más allá por el sendero.
«¡Espera!», le grita Julia a la manzana y echa a correr tras ella.
Pero la manzana rueda y rueda, hasta que se escapa por la verja abierta y sale del jardín. Cuando Julia llega allí, ya no ve la manzana por ninguna parte. Así que vuelve un poco decepcionada.
Pero el abuelo se ríe.
«Pues esa manzana se ha ido de excursión, quizá le dé una alegría a otra persona».
La cesta se llena pronto y el abuelo la lleva al granero.
Cuando la mamá de Julia vuelve a casa del trabajo por la tarde, se fija en una manzana fresca en la entrada.
«¿Qué haces tú aquí?», dice con una sonrisa, y la recoge del suelo.
La lleva a la cocina, donde Julia ya está sentada a la mesa.
«¡Esa es la que se me había escapado rodando!», se ríe Julia.
Mamá lava la manzana, la corta en gajos y los reparte entre todos los que están a la mesa. Julia coge un trocito y durante un rato solo lo sostiene en la mano.
«¿Entonces esta manzana empezó siendo una florecita?», pregunta.
—Exactamente —asiente el abuelo.
Julia muerde el dulce trocito y sonríe satisfecha. Se imagina cuánto tuvo que esforzarse la pequeña flor para tener ahora ese sabor tan jugoso. Enseguida le gusta más que ayer.
Cada manzana tiene su propia pequeña historia. Y a veces a ella se añade también una breve aventura, como cuando esta decidió perderse un poquito durante un rato.
