Gabriela tenía una de esas tardes en las que no le apetecía salir, pero tampoco tenía ganas de leer ni de jugar con nada. Se metió en su habitación y se puso a pensar en qué podría entretenerla.
Decidió probar a rebuscar en el armario del salón, donde se escondían muchos tesoros que aún no conocía. Primero encontró mantas, luego un montón de papeles de regalo viejos y lazos.

Y después, al fondo del todo, dio con una caja redonda de hojalata con un dibujo descolorido de rosas en la tapa. Cuando la abrió, dentro brillaban unos botones. Decenas de botones de todos los tamaños, colores y formas.
Se sentó en la alfombra y se puso la cajita en el regazo. Los iba sacando despacio, uno a uno, y los observaba. El botón grande y oscuro, con cuatro agujeritos, seguramente era de algún abrigo de invierno. Alguien lo había llevado puesto en medio del frío, quizá había cruzado con él un estanque helado. El botoncito de nácar, transparente como una pompa de jabón, seguramente pertenecía a algún vestido de fiesta. Quizá alguien lo había llevado a un baile o a una boda.
Gabriela empezó a ordenar los botones. Primero hizo un montoncito con los grandes, al lado puso los pequeños, y dejó para el final los raros, esos de los que no sabía en absoluto de qué podían estar hechos. Uno era de madera y estaba tallado, otro era rojo oscuro como una cereza, y el tercero tenía forma de estrellita y era de metal plateado.
El de la estrellita fue el que más le llamó la atención. Lo sostuvo un rato en la palma de la mano y pensó. ¿De qué estaría hecho? ¿De un gorro de niño? ¿De un disfraz de carnaval? Era demasiado bonito para estar escondido por ahí.
Después pasó papá por allí y se detuvo en la puerta. «¿Qué has encontrado, Gabriela?» «Una cajita con botones», respondió. «Son preciosos. ¿Sabes de dónde son?»
Papá se sentó en la alfombra a su lado y cogió la cajita. La miró durante un momento. «Parece la cajita de la abuela. Ella nunca tiraba ningún botón». Gabriela le enseñó el de estrellitas. Papá lo miró y se rió sorprendido. «Mira, de este me acuerdo».
«¿Cómo que te acuerdas?», preguntó Gabriela. «Este botón se lo llevé yo a la abuela». Se quedó pensativo un momento y luego empezó a contar. «Tendría unos ocho años e iba con mis compañeros del colegio, y por el camino vi algo brillante en la acera. Era precisamente ese botón con forma de estrellita. No sabía de quién era, pero era demasiado bonito como para dejarlo allí tirado. Así que me lo llevé a casa y se lo di, porque no sabía qué hacer con él. La abuela lo miró con atención, sonrió y dijo que un botón como aquel seguro que serviría para algo en algún sitio. Y luego lo guardó precisamente en esta cajita de botones».
Gabriela giró el botón de estrellita y lo observó con aún más interés. Así que tenía más de treinta años. Lo había encontrado su papá y quién sabe qué historia habría tenido antes y a quién habría alegrado.
—¿Puedo quedármelo? —preguntó. Papá sonrió—. Claro. Creo que a la abuela le gustaría». Gabriela apretó el botón en la palma de la mano y salió corriendo a la cocina. Mamá estaba sentada allí, a la mesa, remendando unos pantalones rotos.
—Mamá, ¿te acuerdas de que habíamos hablado de que me coserías ese monedero? —dijo Gabriela—. Claro, ¿ya has decidido de qué color quieres que sea? —preguntó mamá. —Me da igual el color, pero me gustaría que el cierre fuera con este botón. ¿Servirá?» puso el botón con forma de estrellita sobre la mesa.
Mamá lo cogió y lo miró con atención. «Qué bonito es. Seguro que servirá. ¿De dónde lo has sacado?» «Es de papá y era de la abuela», dijo Gabriela. «Ella decía que algún día vendría bien».
Y así, después de muchos años, el botón volvió a encontrar su sitio, donde haría feliz a alguien.
