Cecilia se extravió un martes por la mañana y, en realidad, fue culpa suya. Salió corriendo de la madriguera detrás de un grano de avena que rodaba por el suelo, atravesando todo el campo, la carretera y otro campo más. Y, antes de que se diera cuenta, el grano se metió rodando en la cuneta. Ella siguió corriendo detrás de él, hasta que de pronto ya no sabía en absoluto dónde estaba.
El campo que tenía detrás parecía exactamente igual por todos lados. Hierba alta, cielo, viento. Cecilia se sentó en una piedra y olfateó el aire. El hogar olía a tierra húmeda y a trébol. Aquí olía a asfalto y al humo de los coches. Aquello no tenía buena pinta.

Se dirigió hacia donde el sol estaba más alto, porque una vez había oído a su mamá decir que vivían en el norte, donde hay menos sol. No sabía exactamente qué significaba eso, pero le pareció un buen plan. Al fin y al cabo, tampoco tenía otro.
Al doblar la primera esquina se encontró con una gallina que picoteaba en la cuneta. «¿Por dónde puedo volver al prado junto al viejo molino?», preguntó Cecilia. La gallina levantó la cabeza y parpadeó. «No tengo ni idea. Yo nunca me marcho de aquí». Y siguió picoteando.
Detrás de la siguiente colina, había un mirlo posado en una valla y cantaba. Cecilia esperó a que terminara de cantar. «Mirlo, mirlo, por favor, ¿conoces el viejo molino de Osero?». El mirlo dejó de cantar e inclinó la cabeza. «¿Te refieres al molino del tejado rojo? Queda un buen trecho desde aquí. Si quieres llegar allí, tienes que cruzar la carretera; luego sigue a la izquierda por el arroyo, después atraviesa el campo, hasta que veas tres viejos sauces». Se quedó callado un momento. «Pero cruza la carretera con cuidado. Los coches pasan deprisa por allí».
Cecilia iba repitiendo el camino en su cabeza todo el tiempo. La carretera, el arroyo a la izquierda, el campo, tres sauces. Cruzó la carretera corriendo deprisa, justo cuando había silencio a ambos lados. El corazón le latía tan deprisa que casi podía oírlo.
Encontró el arroyo con facilidad; olía a agua de musgo y a tierra. Caminó junto a él hacia la izquierda y la hierba fue cambiando poco a poco de la hierba corta junto a la carretera a la hierba alta del prado. El aire también cambiaba. Olía menos a asfalto, pero más a trébol. Para entonces ya corría por el campo y al final vio tres sauces. Exactamente como había dicho el mirlo.
Cuando llegó corriendo hasta ellos, por fin lo vio: el molino con el tejado rojo. Cecilia se detuvo y se quedó allí un momento. Y es que había respirado aliviada de verdad. Luego siguió más despacio, encontró su madriguera y se metió dentro. Allí hacía calor y olía a hogar.
Fuera empezó a llover. «He vuelto justo a tiempo», pensó. Luego se hizo un ovillo y escuchó cómo la lluvia tamborileaba sobre la tierra encima de ella. Se dijo que la próxima vez preferiría no ir detrás de un granito que rodaba. Aunque ya entonces no estaba segura de si lo cumpliría.
