
Cuentos para dormir
La ramita de abedul
En una casita muy pobre vivía una madre buena con su hijo. Las cosas no les iban nada bien, y muchas veces no tenían ni para un plato de sopa caliente. Un día se les acabó el último tronco para la estufa, así que la madre le pidió a su hijo que fuera al bosque a por un poco de leña. El muchacho no se lo pensó y salió enseguida.
Se puso a trabajar como una hormiguita: recogía cada ramita seca, cada palito, hasta que le caían gotas de sudor por la frente. Al poco rato llevaba a la espalda un haz de leña enorme y volvía deprisa a casa, para que su madre no tuviera que esperar mucho. Con semejante carga, el camino se le hacía eterno, y encima le rugían las tripas de hambre. De pronto apareció delante de él una viejecita menuda, con la cara curtida y llena de arrugas. A sus pies tenía un haz de leña y, con un hilo de voz, se lamentó de que ya no tenía fuerzas para llevarlo a casa.
—Hijito —le dijo—, ¿ayudarías a una viejecita?
El muchacho dudó un momento: —Yo también llevo mucho peso, y mi madre me está esperando.
La viejecita le contestó con tristeza: —Tienes las piernas jóvenes y fuertes. Si me ayudas, seguro que llegas a tiempo, y yo te daré algo que te compense el esfuerzo.
Aunque no se imaginaba qué podría darle una pobre anciana, le dio pena verla tan desvalida. Dejó su haz en el suelo, se cargó a la espalda el de la viejecita y se fueron juntos hacia su casa. No estaba lejos, y enseguida llegaron a la casita. Mientras el muchacho colocaba la leña, la viejecita entró en casa. Al rato salió con una ramita blanca de abedul en la mano.
—Eres bueno y tienes buen corazón —le dijo muy seria—. Por tu bondad te regalo esta ramita de abedul. Plántala, cuídala, y te traerá riqueza.
El muchacho le dio las gracias, aunque no tenía muy claro qué iba a hacer con una ramita tan corriente. Volvió a por su haz de leña, se llevó la ramita y emprendió el camino a casa. Pero el cansancio pudo con él: se sentó sobre el musgo, clavó la ramita en la tierra y se quedó dormido.
Cuando se despertó, el sol ya se estaba poniendo. En lugar de la ramita, delante de él había un árbol precioso, con las ramas dobladas por el peso de las hojas de oro y de unos frutos relucientes. Boquiabierto, empezó a recogerlos hasta que no quedó ni uno, y se llevó a casa un saco lleno de oro.
Mientras tanto, su madre lo esperaba impaciente asomada a la ventana. Cuando vio llegar a su hijo sin leña, pero con una sonrisa misteriosa, se enfadó: —¿Te has pasado el día por ahí y vuelves con las manos vacías?
Pero el muchacho la tranquilizó: —No te enfades, mamá. He ayudado a una viejecita y, para darme las gracias, me ha regalado una ramita mágica. —Y, mientras lo decía, vació sobre la mesa los frutos y las hojas de oro, y toda la habitación se llenó de luz.
Desde aquel día ya nunca más pasaron necesidad. Vivieron felices y sin que les faltara de nada, y el muchacho nunca olvidó que ser bueno y ayudar a los demás siempre tiene premio.
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