Hace mucho tiempo vivía un humilde pastor que tenía siete ovejas. Cada día las llevaba a pastar a lo alto de la montaña. Un día, como de costumbre, sacó a las ovejas a pastar. Se apoyó en su bastón, miró a su alrededor y comenzó a soñar con lo maravilloso que sería si la vida no fuera tan cara. Pensó en cómo podría dar a sus hijos suficiente comida y una vida mejor. De repente, apareció ante él un hombrecito con un gorro rojo y una larga barba blanca.
«Ven conmigo», dijo el hombrecito. «No te arrepentirás.»
El pastor no dudó y lo siguió. El hombrecito llevaba en la mano una extraña raíz. Llegaron hasta una roca y el hombrecito golpeó la piedra tres veces con la raíz. Con un estruendo atronador, la roca se abrió y dejó al descubierto una cueva oscura y profunda. El Pastor se quedó de pie, asombrado, y negaba con la cabeza sin dar crédito a lo que veía. El hombrecito entró dentro y el Pastor lo siguió con cautela.

En el interior de la cueva ardía un fuego y, alrededor, trabajaban pequeños enanitos de caras tiznadas. Forjaban con oro toda clase de objetos: coronas relucientes, gruesas cadenas, copas ornamentadas y anillos con piedras preciosas. El Pastor casi no podía creer lo que veían sus ojos al contemplar tanta riqueza reunida en un solo lugar. El oro brillaba por todas partes.
—Toma todo lo que puedas llevar —dijo el hombrecito, dejó la raíz en el suelo y desapareció sin dejar rastro.
El pastor no dudó y llenó sus bolsillos de oro hasta el borde. Luego corrió fuera de la cueva. En cuanto pisó el prado, la roca se cerró tras él con un estruendo atronador. De camino a casa, el oro tintineaba alegremente en sus bolsillos.
Gracias al oro, el pastor compró mucha comida, vistió a sus hijos con ropa y zapatos nuevos y aún le sobró dinero. Cuando la noticia de su riqueza se difundió por el pueblo, muchos intentaron encontrar la entrada a la cueva. Pero la montaña permaneció cerrada, y hasta hoy nadie ha conseguido volver a abrirla.