Sobre Pulgarcito

Había una vez un matrimonio que se quería mucho y siempre se llevaba bien. Solo una cosa les preocupaba: aún no tenían hijos, aunque deseaban un niño con todo su corazón. Un día, por fin, la suerte les sonrió y les nació un niño. Era tan pequeño como un dedo, así que le llamaron Pulgarcito.

Pero no era un niño cualquiera, pues se diferenciaba mucho de los demás, y no solo por su estatura. Nada más nacer, ya ayudaba en todo en casa. Y tenía un carácter sumamente alegre.

Una vez, cuando apenas llevaba unos días en el mundo, Pulgarcito se quedó solo en casa con su madre, porque su padre había salido con el buey a arar el campo. La madre preparaba la comida y su hijito le cantaba mientras tanto:

Cuento para dormir - Sobre Pulgarcito
Sobre Pulgarcito

Yo soy Pulgarcito, un niño muy chiquitito, mis padres no están solos en casa, soy de papá, soy de mamá. Cuando alguno de ellos no puede, Pulgarcito les ayuda.” Mamá se reía, y así, entre todo aquel bullicio, cocinar le resultaba más fácil. Cuando terminó de cocinar, preparó una ración en una cesta, que quería llevarle a su marido al campo.

Mamá, yo le llevo la comida a papá para que puedas descansar —se ofreció amablemente Pulgarcito—. No sé, mi niño querido, creo que esa cesta ni siquiera la podrás levantar —sonrió la madre. Pero, para su sorpresa, Pulgarcito levantó la cesta como si nada y corrió tras su padre hacia el campo.

El camino para un pequeñín como él no era nada fácil; Pulgarcito tuvo que enfrentarse a muchas dificultades, pero no les dio importancia y siguió su caminar sin detenerse. Ya estaba casi en el campo, vio a su padre arando, pero ahora tenía un arroyo en su camino y no había pasarela por ninguna parte. Pulgarcito se quedó pensativo, se rascó la cabeza y luego exclamó: «¡Claro, así lo haré!» Sacó una cuchara de la cesta, la convirtió en un barquito, utilizó un tenedor como remo y cruzó al otro lado del arroyo con la cesta atada a la cintura.

El padre se dio cuenta de que, de repente, había aparecido una cesta en el borde del campo; así que corrió hasta allí y vio que con la cesta había llegado su pequeño hijo.

—Papá, come tú la comida y yo araré en tu lugar —le propuso Pulgarcito, después de saludarse cariñosamente.

—Pero si tú no puedes arar, Pulgarcito. No puedes sostener el látigo con esas manitas tan pequeñas. ¿Cómo querrías entonces animar al buey?

—Si no puedo sostener el látigo, lo haré de otra manera. Por ejemplo, me meteré en la oreja del buey. —Y, como lo dijo, así lo hizo. Se coló en la oreja de su buey y empezó a gritar: “¡Hola eh, solo ara!”. Y, qué os voy a contar, Pulgarcito con el buey aró en un momento más de lo que un hombre cien veces mayor habría logrado en ese tiempo.

Pasó por allí un campesino rico y vio cómo el mozo estaba sentado en la linde, mientras su buey araba el campo solo. Enseguida empezó a averiguar cómo era posible.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Cómo es que ese buey ara por sí solo? —preguntó enseguida el campesino, pensando en cómo podría sacar provecho de ello. 

En lugar del mozo, una vocecita respondió: —¡Porque yo soy quien lo impulsa!

—¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde estáis? —preguntaba el campesino sin comprender.

—Aquí, en la oreja del buey —rió Pulgarcito y saltó fuera de la oreja.

Un labrador así sí que me gustaría tener. No come casi nada y trabaja por dos. Véndemelo, muchacho, te pagaré bien», insistía el campesino.

El padre no quería ni oír hablar de desprenderse de su tan deseado y recién nacido hijito, pero Pulgarcito lo veía de otra manera: “Déjame ir con el campesino, padre.” Ya verás cómo todo acaba saliendo bien.” Cuando terminó de decirlo, le guiñó el ojo a su padre de forma cómplice. Así que el padre aceptó a regañadientes y vendió a Pulgarcito. Por el pequeño labrador, recibió del campesino una bolsa llena de monedas de oro. Pulgarcito lo abrazó para despedirse, luego el campesino lo guardó en su bolsa y se fue con él a su granja. 

El padre llegó a la casa completamente abatido. La esposa enseguida le preguntó: «¿Dónde está Pulgarcito, marido?» Se fue tras de ti con la comida, ¿no os habéis encontrado?»

—Sí, ese pequeño pícaro me trajo la comida, me ayudó con el trabajo en el campo, pero luego vino un campesino rico y compró a Pulgarcito. Toma, aquí tienes una bolsa de monedas de oro por él.»

—¿¡Cómo!? ¿Has vendido a nuestro Pulgarcito?» Su esposa estuvo a punto de desmayarse.

Ambos se pusieron a llorar, cuando de repente oyeron una voz que venía de la tierra: «Mamá, papá, ¿por qué lloráis?» Pues vuestro Pulgarcito está aquí con vosotros.» ¡Qué alegría sintieron! Y, por supuesto, Pulgarcito les contó cómo escapó del campesino: le mordió un agujero en la mochila, por el cual cayó fuera y corrió directamente hacia su mamá y su papá. 

Desde entonces nunca más se separaron y juntos fueron muy felices.

4.5/5 - (90 votos)

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *